Acabo de llegar de París, chicas. Dios, aún siento el calor en la piel. Soy Hortense, esa española que vive como una reina en mi hôtel particulier de la rue des Saints-Pères. Todo empezó con un email de Pierre Siorac, un historiador guapísimo, descendiente lejano de mi linaje loco. Me mandó mensajes sobre viejos documentos familiares, contratos que valen millones en arte y secretos. Le invité, eh… curiosidad, poder, esa adrenalina que me pone cachonda.
Bajé del taxi, el aire olía a rosas y jazmín en mi jardín privado. Estatuas de dragones y figuras eróticas talladas en piedra, iluminadas por luces tenues. Paris no es para todos, solo para los que follan en la cima. El mayordomo, vestido de blanco impecable, me abrió. No, espera, él abrió para Pierre. Yo lo vi llegar, alto, ojos intensos, traje a medida que marcaba su paquete. ‘Buenas noches, comtesse’, dijo con voz grave. Le di la mano, mis uñas rojas rozando su piel. ‘Pasa, Pierre. Hablemos de esos dossiers’.
El Encuentro en el Jardín de Secretos
Entramos al vestíbulo blanco, diablillos de mármol guiñando el ojo. Cenamos en la sala, cristal de Baccarat, caviar fresco, champagne Dom Pérignon que burbujeaba en mi lengua. Hablamos de contratos: reliquias de mi familia, firmas que nos unirían en negocios exclusivos. Pero bajo la mesa, mi pie descalzo subía por su pierna. Él dudaba, ‘Hortense, esto es… serio’. Yo sonreía, mordiendo mi labio, ‘Muy serio, cariño. Pero mira mis ojos’. La tensión crecía, sus pupilas dilatadas, mi coño ya húmedo bajo la seda del vestido. ‘Firma aquí’, le dije, deslizando el bolígrafo, pero mi mano rozó la suya, electricidad pura.
De repente, ‘Ven, te enseño la parte privada’. Lo llevé al jardín interior, luego escaleras abajo a mi cava VIP, botellas de vinos centenarios, cuero de sillones antiguos oliendo a deseo viejo. La puerta secreta se abrió con un clic. Espacio nuestro, exclusivo. Él tragó saliva, ‘Esto es increíble’. Yo me acerqué, mi aliento en su cuello, ‘Increíble será lo que viene’. Lo empujé contra la pared de piedra fría, mis tetas apretadas contra su pecho. ‘Pierre, te quiero ahora’. Sus manos en mi culo, apretando la carne bajo la soie.
El Éxtasis Salvaje y el Regreso al Lujo
Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, gruesa, venosa. Dios, olía a hombre limpio, a colonia cara. ‘Mmm, qué polla más rica’, murmuré, arrodillándome. La lamí desde la base, lengua plana, hasta la cabeza hinchada. Él gemía, ‘Hortense… joder…’. Chupé fuerte, saliva goteando, mis labios rojos manchándola. Me metí toda en la boca, garganta profunda, gimiendo vibraciones. Él me agarró el pelo, follando mi boca. ‘Sí, puta mía, trágatela’. Escupí, reluciente, y me puse de pie. Me arranqué el tanga, coño depilado chorreando. ‘Fóllame duro, heredero’.
Me giró, cara contra la pared, levantó mi vestido. Su polla entró de un golpe, rompiendo mi entrada mojada. ‘¡Ahhh! Sí, así, cabrón’. Me taladraba, bolas golpeando mi clítoris, ritmo brutal. Olor a sexo mezclado con cuero húmedo del sofá cercano. Me corrí primero, piernas temblando, ‘¡Me corro, joder!’. Él no paró, dedos en mi culo, metiendo uno. ‘Tu coño aprieta como una virgen’. Cambiamos: yo encima en el sillón, cabalgándolo, tetas botando, pezones duros rozando su pecho. Le arañé la espalda, mordí su hombro. ‘Dame tu leche, lléname’. Rugió, polla palpitando, chorros calientes inundando mi útero. Sudor, jadeos, sabor salado de su piel en mi boca.
Caímos exhaustos, risas bajas. Le besé, ‘Bienvenido al club, Pierre’. Nos limpiamos con toallas de hilo egipcio, champagne fresco en copas. Vestidos impecables de nuevo, subimos como si nada. ‘Los contratos firmados, ¿eh?’, dijo él, guiño cómplice. Yo asentí, ‘Y nuestro secreto, solo élite’. Taxi esperándolo fuera, yo en la puerta, olor a sexo aún en mi piel bajo perfume Chanel. Ahora, en mi cama de sábanas de satén, revivo cada embestida. Quién sabe, quizás lo invite al yate la próxima. Lujo, poder, polla exquisita… adictivo.