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Mi provocación en el club VIP: Cómo desperté la bestia en mi marido

Ay, qué nochecita aquella en el Club Elitè, ese rincón de Madrid donde solo entran los que valen pasta de verdad. Cuero italiano en los sofás, olor a habano caro y champán Dom Pérignon que pincha en la lengua como burbujas de pecado. Mi marido, Jaime, acababa de cerrar unos contratos gordos con sus colegas empresarios. Yo iba de seda negra ceñida al cuerpo, tacones que clavan miradas.

Allí estaba Víctor, el cabrón que odia Jaime. Su empresa le pisa los huevos en el mercado, y el tío grajea lo que sea por ganar. Pelo plateado, traje a medida, sonrisa de tiburón. Durante el cóctel, me acerqué. ‘Hola, Víctor, qué sorpresa verte sin tu mujer’, le solté, rozándole el brazo. Él me miró de arriba abajo, ojos hambrientos. Charlamos de negocios, pero mis risas eran para Jaime, que nos vigilaba desde lejos. Le toqué la solapa, crucé piernas dejando ver muslo. ‘Llámame’, me dijo pasándome su tarjeta. La guardé despacio, mordiéndome el labio. Jaime tenía la mandíbula tensa, por fin.

La tensión sube en el club exclusivo

En el Rolls negro de vuelta al ático, silencié. ‘Me dio su tarjeta, ¿sabes?’, probé. Él apretó el volante, olor a su colonia mezclada con cuero caliente. Nada más. Frustrada, empecé a llegar tarde todas las noches. Copas con amigas, pero en clubs de lujo, besos robados, manos en el culo bajo luces neón. El domingo volví al mediodía del hotel five stars donde dormimos después de bailar. Jaime en el salón, barba de tres días, ojos de fuego. ‘¿Dónde coño estabas?’, gruñó.

Me acerqué a besarlo, pero esquivó. ‘Levanta la falda’. Corazón latiendo fuerte. ‘¿Qué?’. ‘¡Levanta la puta falda!’. Obedecí, braga en el bolso. ‘¿Quién te folló anoche?’. Fingí inocencia. ‘Nadie, amor, solo copas y hotel’. Pero él insistió. ‘Dime la verdad’. Suspiré. ‘Víctor… Estuve con él’. Se levantó como un rayo, puños cerrados. ‘¡Joder, no con ese hijo de puta!’. ‘Tú dijiste que era libre…’. ‘¡Pero no con él, zorra! ¿Te hizo correrte?’. ‘Sí… Ehhh, pues sí’. Mentira total, pero lo necesitaba.

‘Cuéntame’. ‘Hace semanas que no me tocas. Él, con su mujer ida, tenía la polla a reventar. Gorda, dura, eterna. Nos follamos desde las nueve hasta las once. Me la metió en el coño hasta el fondo, me abrió el culo como nadie’. Gruñó como animal herido. Se giró, me agarró del pelo. ‘¡Puta!’. Me tiró al sofá de terciopelo, falda arriba, aire frío en el coño húmedo. Su polla, tiesa como acero, me taladró sin piedad. ‘¿Sientes esta, eh? ¡Más grande que la de él!’. Tirones de pelo, insultos: ‘Salope, te voy a reventar’. Yo fingí fría, pero chorreaba. Me volteó, escupió en mi ano y embistió brutal. Dolor-placer, olor a sexo crudo, sudor salado en la piel.

El desahogo salvaje y el secreto compartido

A cuatro patas en la alfombra persa, me sodomizaba salvaje. ‘¡Córrete, puta!’. Aguanté callada las dos primeras, temblores secretos. Pero la tercera… Ay, exploté. Grité, me meé de puro vicio, cerebro en blanco. Él descargó rugiendo, corrida caliente llenándome el culo. ‘¡Toma, zorra!’.

Jadeando, lo miré. ‘Todo mentira, amor. Para hacerte celoso’. Sonrió aliviado, me besó suave. Me llevó en brazos a la suite principal, sábanas de hilo egipcio. Lengua experta en mi clítoris, sabor a él. ‘Te amo’. Abrí piernas, me penetró lento, profundo. Besos, susurros, orgasmos dulces. Sudor mezclado, su semen tibio en mi vientre. Domingo perfecto en la cama king size.

Al día siguiente, cenas, contratos, sonrisas. Nadie sabe nuestro secreto elite. Celos que encienden fuego. Volvimos a ser la pareja impecable. Pero ahora, cada mirada es promesa de más.

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