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Mi follada salvaje en el lounge VIP del hotel de lujo

Eran las seis y cuarenta y cinco cuando entré al lounge VIP del Mandarin Oriental. El olor a cuero nuevo y champán Dom Pérignon me golpeó de inmediato. Luces tenues, sofás de piel italiana, vistas a la skyline de Madrid. Yo, Inés, con mi vestido de seda negra ceñido, tacones Louboutin resonando en el mármol. Él, un chaval de escuela de negocios, llegó tarde, corbata floja, mirada nerviosa.

—Disculpa, Inés, el tráfico… —dijo, sentándose frente a mí.

La tensión sube en el salón privado

La mesa estaba llena de contratos. Firmas pendientes para ese deal millonario. Le serví champán, burbujas frías en la copa de cristal. Nuestros dedos se rozaron. Umm… esa electricidad. Empecé a hablar de cláusulas, pero mis ojos bajaban a su camisa abierta, imaginando el pecho debajo. Él carraspeó, hojeando papeles, pero lo pillé mirando mis tetas, el escote profundo.

—¿Todo claro? —pregunté, cruzando las piernas, la seda rozando mi piel.

—Sí… eh, perfecto —titubeó, bebiendo un sorbo largo.

La tensión crecía. El lounge estaba vacío, solo nosotros en esa zona exclusiva. Le dije a la camarera que se fuera, cerré la puerta de cristal esmerilado con un clic seco. Ahora era nuestro. Privado. El aire se espesó, olor a su colonia amaderada mezclada con mi perfume de jazmín caro.

Me acerqué, puse una mano en su hombro. —Relájate, Luc. Esto no es solo negocios.

Sus ojos se clavaron en los míos. Sentí su calor. Desabroché un botón de su camisa, despacio. Él no se movió, solo jadeó. Mis dedos bajaron, rozando su paquete ya duro bajo los pantalones. —Joder, qué tiesa la tienes…

Se levantó, me besó con hambre. Lenguas enredadas, sabor a champán dulce y salado. Lo empujé al sofá de cuero, crujió bajo nosotros. Le arranqué la corbata, abrí su bragueta. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, goteando precum. La agarré fuerte, masturbandola lento. —Mira cómo palpita, cabrón.

El polvo brutal y el regreso a las apariencias

Él gimió, manos en mis tetas, pellizcando pezones duros bajo la seda. Bajé mi tanga de encaje, coño ya empapado, labios hinchados. Me subí encima, restregando mi humedad contra su verga. —Fóllame ya, no aguanto.

Me empalé de un golpe, su polla abriéndome entera. Ahhh… qué fullness, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, tetas botando, culo rebotando en sus muslos. Él me agarró las caderas, clavándome más hondo. —¡Joder, Inés, tu coño aprieta como una puta virgen!

Aceleré, clítoris frotando su pubis, jugos chorreando por sus huevos. Cambiamos: lo puse a cuatro, él detrás, polla entrando salvaje, cacheteadas en mi culo. —¡Más fuerte, rómpeme! —grité. Sus dedos en mi ano, jugando, metiendo uno. Doble penetración simulada, orgasmo building.

Me volteó, piernas en hombros, follada en misionero brutal. Miradas fijas, sudor perlando su frente. —Me vengo… —jadeó. —Dentro, lléname de leche.

Exploto yo primero, coño convulsionando, chorros mojando el cuero. Él gruñó, polla hinchándose, descargando chorros calientes en mi útero. Nos quedamos pegados, respirando agitados, olor a sexo y lujo mezclado.

Minutos después, me aparté. Limpié con toallitas de hilo egipcio, me alisé el vestido. Él se abrochó, corbata perfecta. Firmamos los contratos, sonrisas cómplices.

—Nuestro secreto de élite —susurré, besándolo suave.

Salió primero, yo pedí otro champán. Nadie notaría nada. Solo el cuero marcado, testigo mudo.

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