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Mi encuentro prohibido con Joachim en el Plaza Athénée de París

Dios, acabo de salir de París y todavía me tiemblan las piernas. Soy Carmen, madrileña de pura cepa, adicta al lujo y al buen polvo en sitios donde el dinero huele a cuero nuevo y champagne caro. Esta vez, todo empezó en el Plaza Athénée, ese palacio parisino donde las suites cuestan un riñón pero valen cada euro de placer.

Llegué para un contrato gordo: la venta de un château histórico en el Tarn, exclusivo para millonarios. Joachim me esperaba en la sala VIP, privado total, cortinas de terciopelo rojo, sofás de piel italiana que crujen suaves. Él, alto, moreno, con esa mirada que promete folladas épicas. ‘Señora López…’, murmuró, voz ronca, extendiendo la mano. Su palma caliente, sudor leve, colonia cara mezclada con olor a hombre. Me senté frente a él, piernas cruzadas, mi falda de seda subiendo un poco, rozando mis muslos.

Tensión en la sala VIP del hotel de lujo

Dossiers por todos lados, números bailando en las páginas. Brindamos con Dom Pérignon, burbujas picantes en la lengua, dulzor que me mojó la braguita. ‘El precio es agresivo, ¿no?’, dijo, ojos clavados en mi escote, pezones marcándose bajo la blusa. Dudó, carraspeó. ‘Pero… el château tiene historia, ¿verdad? Soñé con él anoche, un chico rubio… raro’. Yo me reí bajito, porque yo también había soñado algo así, con un tal Guillaume, castillo y besos calientes. ‘Coincidencias del destino, cariño’, le susurré, mi rodilla rozando la suya. Tensión eléctrica. Sus dedos tamborileaban el contrato, pero su polla ya se notaba dura bajo los pantalones. El maître cerró la puerta, espacio VIP puro, solo nosotros.

‘Necesitamos privacidad para los detalles’, solté, voz temblorosa de ganas. Lo llevé a mi suite imperial, ascensor privado, olor a rosas frescas y jazmín. Puerta cierra, clic metálico. Lo empujé contra la pared de mármol frío, besos hambrientos, lenguas enredadas, sabor a champagne y deseo. ‘Joder, Joachim, fóllame ya’, gemí, manos en su bragueta. Saqué su polla, gruesa, venosa, palpitante, gota precúm salada en la punta. La chupé profundo, garganta apretada, él gimiendo ‘¡Carmen, puta madre, qué boca!’. Me levantó la falda, rompió las bragas de encaje, dedos en mi coño empapado, clítoris hinchado. ‘Estás chorreando, zorra’, gruñó.

El sexo brutal en la suite y el secreto compartido

Me tiró en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como piel. Me abrió las piernas, polla embistiendo sin condón, dura como hierro, llenándome hasta el fondo. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, grité, uñas clavadas en su espalda tatuada, sudor goteando. Golpes brutales, coño apretando su verga, bolas chocando contra mi culo. Cambiamos, yo encima, cabalgando salvaje, tetas botando, pezones duros rozando su pecho peludo. ‘Me corro, joder’, jadeó, semen caliente inundándome, espasmos interminables. Yo exploté después, chorros de placer, cuerpo convulsionando, olor a sexo crudo en el aire.

Ducha rápida, agua caliente lavando fluidos, jabón de Chanel. Vestidos impecables, maquillaje perfecto. Bajamos al salón, firmamos el contrato con sonrisas frías, champagne otra vez. ‘Un placer hacer negocios, señor Lécuyer’, dije, guiño sutil. Él sonrió, secreto elite en los ojos. Nadie sabe, solo nosotros, ese polvo mítico en el lujo parisino. Adrenalina pura, poder y exclusividad. Quiero más.

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