Me llamo Lucía, tengo 32 años, casada hace ocho con Carlos, un ejecutivo ambicioso que sueña con escalar en su multinacional. Es la una de la madrugada en este yate privado anclado en la Costa Brava. El aire huele a sal y a cuero nuevo de los asientos. Acabo de volver de la cubierta superior, el corazón latiéndome fuerte. No puedo dormir, el champagne Dom Pérignon aún me pica en la lengua, dulce y efervescente.
Esta noche era una reunión VIP: contratos millonarios, caviar, y esa élite que adoro. Carlos y su socio Javier hablaban de fusiones, dossiers abiertos sobre la mesa de caoba. Yo, en mi vestido de seda negra que se pega a mis curvas, servía copas. Pero mis ojos… ay, mis ojos no dejaban de cruzarse con los de Elena, la esposa de Javier. Rubia, ojos verdes como el mar, labios carnosos. Llevaba un jumpsuit blanco que marcaba sus tetas perfectas. Cada vez que nos mirábamos, sentía un cosquilleo en el coño.
El yate de lujo y la tensión que sube
“Lucía, ¿más champagne?”, me dijo ella con voz suave, rozando mi mano. Sus dedos… fríos del hielo, pero quemaban. Carlos ni se enteraba, perdido en números. La tensión subía. Ella se inclinó por un dossier, su perfume Chanel N°5 invadiendo mi nariz, mezclado con su piel caliente. Yo tragué saliva. “Sí, por favor”, murmuré, y nuestras miradas se clavaron. Javier propuso: “Chicos, ¿subimos a la suite privada para cerrar esto?”. Perfecto. El yate tiene cabinas exclusivas, con jacuzzi y vistas al infinito.
Entramos los cuatro, pero los hombres se distrajeron con un email urgente en el salón. Elena y yo… nos quedamos atrás, la puerta entreabierta. “Ven”, susurró, tirando de mi mano. La cabina olía a sándalo y lujuria. Cerró la puerta con llave. Sus labios chocaron contra los míos, urgentes, saboreando a champagne. “Joder, Lucía, te como con los ojos desde que subiste”, jadeó. Le arranqué el jumpsuit, sus tetas saltaron libres, pezones duros como diamantes. Olían a crema de vainilla.
El clímax brutal y el regreso a las apariencias
La tumbé en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como un sueño. Le abrí las piernas, su coño depilado brillaba, mojado ya. “Primera vez con una mujer?”, pregunté, lamiendo sus labios mayores, hinchados. “Sí… pero fóllame la boca ya”, gimió. Metí la lengua en su raja, chupando su clítoris hinchado, salado y dulce como miel. Ella se retorcía, “¡Ay, Dios, no pares!”. Le metí dos dedos, curvados, follando su coño apretado que chorreaba. “Estás empapada, puta”, le dije, mordiendo su botón. Ella gritó, arqueándose.
Me puse a cuatro, ella detrás. Su lengua en mi culo primero, lamiendo mi ano, luego mi coño palpitante. “Tu chocho sabe a sexo caro”, murmuró, metiendo dedos mientras me comía. Yo me masturbaba el clítoris, gimiendo bajito para no alertar. Cambiamos, 69 feroz: yo chupando su coño hasta que explotó, squirt en mi boca, caliente y abundante. “¡Me corro, joder!”, chilló. Yo la seguí, mi orgasmo me dejó temblando, coño contrayéndose alrededor de su lengua.
Sudadas, jadeantes, nos vestimos rápido. Olor a sexo en el aire, pero rociamos perfume. Salimos sonrientes. “¡Cerrado el trato!”, exclamó Carlos, ajeno. Brindamos, piernas rozándose bajo la mesa. Elena me guiñó: “Otro día, sola”. Bajamos del yate como reinas, secreto élite guardado. Carlos me folló mecánicamente esa noche, pero yo… yo volaba alto, coño satisfecho por fin.