Acababa de volver de unas vacaciones increíbles con mi chico, Pablo, en un jet privado VIP. Olía a cuero nuevo y champán Dom Pérignon. Yo, con mi vestido de seda negro ajustado, falda corta que dejaba ver mis piernas bronceadas, y él en camisa blanca, pantalón chino. Estábamos solos en la cabina exclusiva, listos para un vuelo largo… y quizás algo de acción.
Pero justo antes del despegue, entra una pareja en los treinta y tantos. Él, rubio, mandíbula cuadrada, traje Armani impecable. Ella, morena exótica, tailleur lila que marcaba sus curvas perfectas. Llevaban maletines de piel y una botella de cristal. Nos saludan, se sientan enfrente. ‘Buenas noches, ¿negocios o placer?’, dice él con sonrisa pícara. Revisamos unos contratos que Pablo tenía pendientes con ellos, psicólogos top en un proyecto elite. Miradas que se cruzan, roces de rodillas bajo la mesa de mármol. El jet despega, suave, y el espacio se siente… íntimo.
El jet de lujo y la tensión que sube
Veinte minutos después, un maletín se cae con una sacudida. Ayudamos a recoger. Veo un cacharro raro: como una linterna multicolor. ‘¿Qué es eso?’, pregunto. ‘Nuestra invención’, dice él, Pierre. ‘Ondas cerebrales para borrar traumas o inhibiciones temporales’. Ella, Anya, asiente. Charlamos, champán en mano, burbujas dulces en la lengua. Explican que suprime reflejos: pudor, celos… ‘¿Probar?’, propone Pierre. Pablo y yo nos miramos, curiosos, cachondos. Aceptamos.
Cambiamos asientos. Pierre junto a mí, Anya con Pablo. Flashes en los ojos. Picor en la cabeza, raro. ‘Hemos quitado dos cosas: un tabú social y uno de propiedad’, dice Anya. Siguen hablando, pero su mano… eh… sube por mi muslo. Cuero del asiento cruje. No me extraña. ‘¿Todo bien?’, pregunto a Pablo. Él asiente, mientras Anya le acaricia el pecho bajo la camisa.
La tensión sube. Manos en rodillas, subiendo. ‘¿Os han quitado el pudor al toque?’, bromea Pablo. Yo siento dedos de Pierre rozando mi tanga de encaje. ‘Mmm… Pierre, eso…’. No paramos la charla. Mi coño se moja, olor a excitación mezclado con Chanel. Pablo gime bajito: ‘Anya me toca la polla… dura ya’.
El polvo brutal y el regreso al glamour
De repente, caigo. ‘¡Es el intercambio! ¡No nos jode que nos toquen extraños!’. Ríen. ‘Primera pista’. Pero ya no paramos. ‘Seguid, joder’, suplico. Pierre mete dedos en mi coño empapado, clítoris hinchado. ‘¡Aaaah!’. Pablo tiene la polla fuera, Anya la mama. Yo abro piernas, falda arriba, tetas fuera de seda. ‘Fóllame con la mano, Pierre, hazme correrme’.
Anya se sube a Pablo, guía su verga gorda en su coño rasurado. Yo empalo en Pierre: su polla enorme me llena, golpea fondo. ‘¡Joder, qué prieta tu chochita!’, gruñe. Ritmo brutal, sudor, piel contra piel. Olor a sexo en el aire viciado. Miro a Pablo follando a Anya, sus tetas rebotando. ‘¡Me corro, Pablo! ¡Mira cómo me folla!’. Eyaculo gritando, coño contrayéndose, chorros de placer. Él ruge, llenándola de leche.
Jadeamos, cuerpos pegados. Anya y Pierre se besan, satisfechos. Nos recomponemos: vestidos abajo, corbatas rectas. Champán otra copa. ‘Buen vuelo, ¿no?’, dice Pierre con guiño. Secretos elite. Bajamos del jet como si nada, pero con el coño palpitando aún. En el mundo VIP, esto queda entre nosotros.