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Mi Masaje Salvaje en el Spa VIP de Marbella

Son las siete de la tarde y mi día en el hotel de Marbella toca a su fin. Estoy en la suite presidencial, rodeada de mármol blanco y vistas al Mediterráneo. He reservado el spa privado, solo para mí. Ese masaje kinésico que prometía relax total. Tengo treinta menos un pelo, piel bronceada de yates y playas nudistas, pelo corto negro y un cuerpo que no pasa desapercibido. Llevo un top de seda fina sin sujetador y un mono ajustado, nada debajo. Directa de la playa, sudada y oliendo a sal.

Entra él, el terapeuta. Treintañero, fuerte, con manos grandes y ojos que queman. Me pide el formulario. ‘Nombre, edad, dirección.’ ‘Sandra S., veintiocho, ático en Puerto Banús.’ Le digo lo de la molestia en la ingle izquierda, desde que cargué cajas en el yate. Me mira serio, profesional. ‘Desvístete, vuelvo en un minuto.’ Me pilla desprevenida. ‘Eh… no llevo ropa interior. Venía de la cala nudista.’ Se ríe bajito, olor a colonia cara y cuero del sofá. ‘No pasa nada, Sandra. Yo también voy a sitios así. Relájate o te quedas con el dolor.’ Sale a lavarse las manos. Mi corazón late fuerte. ¿Me desnudo? Joder, sí. Quiero ese alivio… y quizás más.

La tensión en el paraíso de lujo

Vuelve, yo sigo vestida. ‘¿Dolor o placer?’ Susurro: ‘Dolor, hazlo.’ Me pongo de pie, despacio. Desabrocho el mono, lo dejo caer. Me agacho a recogerlo, mis nalgas firmes al aire, sin marcas de bikini. Me quito el top. Me giro, manos cubriendo mi coño. Pechos pequeños, duros, bronceados. Él me escanea. ‘Brazos abajo, pies abiertos. Mírame.’ Tardo, vergüenza. Pone un espejo. ‘Mírate: tetas perfectas, culo de infarto, ese triángulo de vello apuntando al clítoris. Eres una diosa.’ Río nerviosa, abro las piernas. Mi coño se abre un poco, labios rosados, húmedos ya.

Me tumbo boca arriba en la camilla de cuero negro, que huele a lujo y aceite caliente. Brazos a los lados, pero aprieto las rodillas. Él las separa suave. ‘Adductores como piedra.’ Vierte aceite tibio, masajea la cara interna del muslo. Sube, roza mi monte de Venus. Detengo la respiración. Ojos cerrados, champán que bebí antes sabe a burbujas en mi boca seca. Sus dedos amplios, rozan mi vulva sin entrar. Grandes círculos, cerca del clítoris, bajando al ano. Mi coño se moja, se abre como una flor. Abro los ojos: me mira, cara roja, polla dura bajo los pantalones.

El clímax sin frenos

Pongo mi mano en su palma, guío al clítoris. Aceite caliente sobre él. Gimo. ‘Sí…’ Cabeza atrás, levanto piernas, expongo todo: ano rosado, liso. Él masajea mi clítoris, mete pulgar en mi coño chorreante. ‘Joder, qué apretada.’ Me corro rápido, arqueo espalda. Me giro, abro su cremallera. Su polla salta, gruesa, venosa. ‘Chúpamela.’ La lamo despacio, lengua en el glande salado. Trago hasta la garganta, chupo huevos suaves. Él ajusta la camilla, me pone a cuatro patas. Juega su polla en mi entrada. ‘Métemela.’ ‘¿Quieres mi verga?’ ‘Por favor…’

Empuja brutal, llena mi coño. Grito. Sale y entra, bolas golpeando mi clítoris. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’ Ondulo caderas, él mete pulgar en mi culo. ‘Me vengo…’ Tiro pelo, clavo uñas. Explotamos juntos. Pero quiero más. Pongo cojín bajo vientre, culazo arriba. Él masajea nalgas, lengua en mi ano. Lo lame, mete dedo. Me masturbo furiosa. ‘Fóllame el culo.’ Lubrica con aceite, empuja lento. Duele rico. ‘¡Más fuerte!’ Allá va, pistones salvajes. Nuestras manos en mi coño, dedos dentro. Frenético. Él gime: ‘Me corro…’ Lleno de leche caliente, yo tiemblo en orgasmo anal.

Me retiro, jadeante. Él me cubre con sábana de seda. Ducha rápida, olor a jazmín. Vuelvo, dejo 500 euros y nota: ‘Gracias por los cuidados. Mi móvil si quieres yate nudista.’ Sonrío, vistas al mar. Secretos de élite, como si nada. Mañana, otro día de lujo.

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