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Mi noche salvaje en el yate privado del multimillonario

Ay, chicas, aún huelo el cuero nuevo de esos asientos en el yate. Era uno de esos cacharros de lujo, anclado frente a Ibiza, solo para élites. Yo, con mi vestido de seda roja que se pegaba a mis curvas como una segunda piel, subí invitada por Raúl, ese multimillonario con ojos de depredador. Venía de cerrar contratos en Dubai, oro puro en sus venas, como un moderno buscador de tesoros.

Estábamos en la cubierta VIP, rodeados de dossiers de inversiones millonarias. Papeles con cifras que marean: yates, jets, minas en Brasil. Él, con su camisa blanca abierta, oliendo a colonia cara y sal marina. Yo servía champagne Dom Pérignon, burbujas frías en copas de cristal. Nuestros ojos se cruzaban… ehh, esa mirada que dice ‘te follo aquí mismo’. ‘Firma esto, Claudia’, murmuró, su voz ronca, rozando mi mano. Sentí su calor subiendo por mi muslo. La brisa tibia, el sol poniéndose rojo sangre.

La tensión sube en la cubierta VIP

Hablábamos de deals exclusivos, pero la tensión era otra. Sus dedos rozaban los míos al pasar páginas. ‘Eres peligrosa’, dijo riendo, pero sus pupilas dilatadas lo delataban. Yo me mordí el labio, cruzando las piernas, sintiendo mi tanga humedecerse. ‘¿Peligrosa? Solo si me provocas’. El mayordomo desapareció discretamente. El yate viró hacia mar abierto. Espacio privado. Nos quedamos solos en la suite master, puerta cerrada con clic metálico. Luces tenues, cama king size con sábanas de hilo egipcio.

No perdimos tiempo. Me empujó contra la pared de cuero, besándome con hambre. Sus manos bajaron mi vestido, exponiendo mis tetas firmes. ‘Joder, qué pechos’, gruñó chupando un pezón, mordisqueando hasta doler rico. Yo le arranqué la camisa, arañando su pecho velludo. Su polla ya dura contra mi vientre, enorme, palpitante. ‘Quítate eso’, le ordené, bajando su pantalón. Dios, esa verga gruesa, venosa, goteando precum. La olí, salada, masculina.

El clímax brutal en la suite privada

Me arrodillé, abrí la boca y la tragué hasta la garganta. ‘¡Sí, chúpamela así, puta!’, jadeó él, agarrándome el pelo. La mamé con furia, lengua girando en el glande, bolas en mi mano apretando. Él gemía, caderas empujando. Luego me levantó, tirándome en la cama. Rasgó mi tanga, ‘Mira ese coño mojado, listo para mí’. Me abrió las piernas, lamió mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos en mi chocho chorreante. ‘¡Ahh, joder, no pares!’, grité, arqueándome.

Me penetró de golpe, su polla abriéndome en dos. ‘¡Qué apretada estás!’, rugió follando duro, pellizcando mis tetas. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como una yegua salvaje, mis nalgas chocando contra sus muslos. Sudor mezclado, olor a sexo puro. Él me dio la vuelta, levrette, embistiéndome hasta el fondo, mano en mi cuello. ‘Te voy a llenar de leche’. Sentí su polla hincharse, corridas dentro, caliente, espeso. Yo exploté, coño contrayéndose, chorros de placer.

Jadeando, nos derrumbamos. Él se retiró, semen goteando de mi raja. Se duchamos rápido, agua caliente perfumada. Volvimos a cubierta como si nada. Champagne de nuevo, dossiers abiertos. ‘Buen trato, Claudia’, sonrió guiñando. Yo asentí, piernas temblando aún. Secreto de élite: esa follada brutal queda entre nosotros, en este mundo de privilegios donde el poder se folla en privado.

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