Ay, chicas, aún tiemblo al recordarlo. Soy Carmen, esa española fogosa de cincuenta que vive por el lujo y el placer prohibido. El mes pasado, mi sobrino Stéphane me invitó a su boda en Lyon. No cualquier boda, eh. Una fiesta VIP en un yate privado anclado en el Saona, con champán Dom Pérignon fluyendo y vistas al skyline iluminado. Olía a cuero italiano de los asientos, a sal marina y a dinero viejo.
Estelle, su novia de 24 años, rubia despampanante con ojos azules, hija de clientes top. Yo llegué en jet privado, vestida con un Versace ceñido que marcaba mis curvas maduras. En el salón principal, rodeados de contratos y charlas de negocios –Stéphane es comercial como su tío Lucien–, lo vi. Lucien, mi antiguo amante de hace veinte años. Ese viudo de 65, ex-vendedor de fotografía, con su Leica al cuello. Nuestros ojos se cruzaron. ‘Carmen…’, murmuró, voz ronca. El corazón me dio un vuelco. Hablamos de viejos contratos fotográficos, pero sus miradas bajaban a mi escote, al roce de seda contra mi piel. ‘Sigues igual de irresistible’, dijo, dudando, mientras firmábamos un brindis falso por la familia.
La tensión sube en el salón exclusivo
La tensión crecía. El yate zumbaba suave, motor de millones. Gente elite bailando, pero nosotros… apartados en un rincón VIP. Sus manos rozaron mi cintura al pasar un dossier imaginario. ‘Recuerdas Roanne? Esa noche…’, susurró. Yo asentí, mordiéndome el labio. El espacio se volvió privado: una puerta discreta a la suite superior, solo para ‘familiares cercanos’. Cerramos. Olía a jazmín y cuero nuevo. ‘Lucien, no aguanto más’, gemí, empujándolo contra la pared.
Sus labios aplastaron los míos, lengua invasora, sabor a champagne caro. Manos expertas bajaron mi cremallera, la seda resbaló. ‘Joder, Carmen, tus tetas… perfectas’, gruñó, chupando mis pezones duros como piedras. Yo le arranqué la camisa, palpando su polla tiesa bajo el pantalón. ‘Quítatelo todo, cabrón’, ordené, voz entrecortada. Se desnudó rápido, su verga gruesa saltando libre, venosa, goteando pre-semen. Me tiré de rodillas, olía a hombre puro, a deseo acumulado. La engullí, mamándola hondo, garganta apretada. ‘Sí, así… chúpala toda’, jadeó él, cogiéndome el pelo.
El clímax brutal en la suite privada
Me levantó, me tiró en la cama king size, sábanas de hilo egipcio. Abrí las piernas, mi coño depilado chorreando jugos. ‘Fóllame ya, Lucien. Métemela hasta el fondo’. No esperó: embistió brutal, polla abriéndose paso en mi chocho húmedo. ‘¡Qué apretada estás, puta!’, rugió, clavándome con golpes secos, huevos chocando mi culo. Yo arañaba su espalda, gemidos salvajes: ‘Más fuerte… rómpeme, joder…’. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua, tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. Sudor salado en su piel, olor a sexo crudo. Él me dio la vuelta, perrito: polla honda, dedo en mi culo. ‘Te voy a correr dentro’, avisó. Explosión: semen caliente llenándome, yo corrí gritando, coño contrayéndose en espasmos.
Jadeando, nos miramos. ‘Increíble…’, susurró. Rápido, ducha rápida, olor a gel de lujo. Vestimos impecables. Bajamos al salón como si nada. Sonrisas educadas a los Gamonais, padres de Estelle. Brindis familiar, bailes. Nadie sospechó. Nuestro secreto elite, ese fuego compartido en el yate de privilegios. Aún siento su polla dentro… ¿repetimos pronto?