Era una noche calurosa de junio en los 80. Yo, con treinta tacos, vendía vinos premium a viticultores del este de Francia, de Lyon a Lorena. Paraba en un hotel de puta madre, un palacio en las afueras, rodeado de viñedos, lejos del jaleo. Recepción de mármol, olor a cuero nuevo de las maletas Louis Vuitton por todos lados. Subiendo, vi un piano de cola Steinway en el escalón, brillante como un sueño. Yo toco el piano en fiestas privadas, nada pro, pero hago bailar a la peña.
Me duché, piel fresca con jabón de jazmín. Bajaba a cenar cuando un grupo de alemanes ruidosos llegaba, ricachones de Múnich en tour por los castillos del Loira. Pasé entre ellos, admirando el piano. ‘¡Ach, qué belleza! ¿Tocas música?’, me soltó un tipo de sesenta, maleta en mano. Hablo alemán decente, del curro. Charlamos. Ludwig, se llamaba. Invitó a birra post-cena en el bar lounge VIP, solo socios dorados.
El lounge exclusivo y la química irresistible
Cena de foie y langosta, bar con luces tenues, humo de puros cubanos. Mesas vecinas con Ludwig, otro tío y tres tías en la sesenta. Me elogiaron el alemán, hablamos contratos de vinos, pero sus ojos… Greta, la que cantaba valses en su cabeza, me clavaba la mirada. Cuerpo teutón: tetas enormes, culo ancho, cara fina, ojos que empalaban. ‘Spielst du Klavier?’, preguntó. Cerveza va, cerveza viene, propuse tocar. Aplausos. El maître, un armario de 1,90 y 120 kg, sacó el piano. Pesaba una tonelada, pero lo manejó como pluma.
Toqué valses, tangos. Champagne Dom Pérignon helado, burbujas en la lengua ácida y dulce. Olor a cuero de sillones, sudor fino de excitación. Greta cantó, mano en mi hombro, apretando… dios. Besos volados, flashes de móviles antiguos. Once de la noche, el jefe trajo botellas. ‘¡Ronda de la casa!’ Prost. Su mano crispada, mirada hambrienta. Me susurró algo en alemán, no pillé todo, pero su coño pedía guerra.
Subimos. Ella esperaba en el pasillo, suite VIP mía, vistas al Loira. Se lanzó: labios carnosos, lengua invasora, olor a perfume Chanel y deseo. ‘Mein Liebling…’, jadeó. Puertas cerradas, espacio privado. Corsé suelto, tetas lechosas, pezones duros como piedras. Las chupé, mordí suave. Ella: ‘Ja, mehr…’ Bajó falda, seda resbalando, tanga empapada. Me sacó la polla tiesa, palpitante. ‘Groß… hart…’, mamó con hambre, saliva goteando, manos en tetas.
Espejo del armario: vista brutal. La giré, piernas abiertas, coño hinchado, labios rosados. Dedos dentro, dos, tres, clítoris palpitante. Gemía ‘Hummpf… jaaa’. Al cama, ella guía mi verga al coño chorreante. Pistoné duro, muslos envolviéndome, pies cruzados en riñones. Besos salvajes, contrajo el chocho, ordeñándome. Corrida brutal dentro, su orgasmo explotando, jugos mezclados goteando al ano. Dedo en culito, fácil, lo abrió más.
El descontrol total en la suite imperial
69: yo lamiendo clítoris salado de corrida y cyprine, ella mamando polla floja que revivió. Ano lubricado, dilatado. Se puso a cuatro, culo teutón temblando. Glande en rosca, entró solo, follando ano como mantequilla. Esfínter saliendo-retirándose, ondas en nalgas al azotar. Ella branquí la clítoris, masajeaba huevos. ‘Cum en culo’, pedí. Segunda lechada profunda, colapsamos sudorosos, polla atrapada en su calor.
Ducha amanecer, seis y media. ‘¿Despierta, amor?’, en alemán. Besos, tetas erectas. Lavé su coño grande, labios flácidos rosados, ya mojado. Pie en váter, polla entró breve. Sienta en taza, mamada infernal, se brama ella. Corrida en boca, chorros a tetas, succiona todo. Yo le lamo clítoris expuesto, tres dedos en coño, orgasmos múltiples, inundación.
Última follada misionero, coño abierto tragando huevos casi. Tercera corrida, desayuno polla en boca. ‘Tu desayuno’, bromeé. Siete y pico, ruido pasillo. Se vistió loca: ‘Auf Wiedersehen, Liebling’. Beso nostálgico.
Desayuno solo, patrón: ‘Invitado mío, por la noche mágica’. Secretos de élite, apariencias intactas. Su sujetador olvidado, reliquia. Volví, pero nunca igual. 642 palabras.