Acabo de llegar al yate privado de la condesa Elena, anclado en las costas de Ibiza. Todo huele a lujo: cuero italiano en los sofás, sal marina mezclada con el aroma caro de su perfume. Soy su nueva asistente personal, contratada por mi eficiencia y discreción. Ella, una viuda de cincuenta, siempre vestida de negro riguroso, con un crucifijo enorme al cuello, parece la santa de las galas benéficas. Pero sus ojos azules… uf, queman.
Estamos en la sala de contratos, rodeadas de dossiers de inversiones millonarias. El sol filtra por las cristaleras panorámicas, el champagne Dom Pérignon burbujea en copas de cristal. ‘Míralos bien, chica’, me dice con voz fría, rozando mi mano al pasarme un folio. Siento su piel suave, cálida. Nuestras miradas se cruzan, un segundo de más. Ella aparta la vista, pero su pecho sube y baja rápido bajo la seda negra. ‘¿Todo en orden?’, pregunta, mordiéndose el labio. ‘Sí, señora… condesa’, balbuceo, notando cómo mis pezones se endurecen contra la blusa de satén.
La tensión sube en el yate de lujo
La tensión crece con cada página. Sus rodillas rozan las mías bajo la mesa de caoba. El aire se carga, como antes de una tormenta. ‘Necesito… revisar mi suite sola’, dice de pronto, levantándose. Su voz tiembla un poco. ‘¿Algo más, condesa?’. ‘No, ve a… descansar’. Pero yo sé que miente. Subo a limpiar su camarote VIP, el más exclusivo: cama king con sábanas de hilo egipcio, jacuzzi con vistas al mar.
Entro sigilosa. Las cortinas de terciopelo semi-cerradas, penumbra sensual. Oigo gemidos ahogados desde el baño privado. Empujo la puerta… y allí está. La condesa, de rodillas en el suelo de mármol, la falda subida hasta la cintura, bragas bajadas. Su mano derecha frota furiosa su clítoris hinchado, el dedo medio hundiéndose en su coño empapado. El crucifijo balanceándose entre sus tetas enormes, desabrochadas del sujetador de encaje. ‘¡Dios mío!’, gime, con los ojos en blanco, introduciendo un consolador grueso que saca de un cajón secreto, reluciente de sus jugos.
Me quedo paralizada, pero mi coño palpita. Aprieto los muslos, excitada como nunca. Ella abre los ojos y me ve. ‘¡No! ¡Sal…!’, grita, sacando el juguete chorreante. Se cubre las tetas con una mano, la otra en su pubis peludo y oscuro. ‘¡Eres una puta hipócrita!’, le suelto, furiosa y cachonda. ‘Por delante santurrona, y aquí… metiéndote cruces en el chocho’. Se arrodilla, llorando: ‘Sí… soy una pecadora. Castígame, por favor…’. La agarro del pelo, la arrastro a la cama. La tumbo sobre mis rodillas, falda arriba, culo al aire: redondo, blanco, temblando.
El éxtasis salvaje y el pacto secreto
¡Zas! Le suelto una nalgada brutal. ‘¡Ahhh!’, chilla, pero empuja el culo hacia mí. Sigo azotando, piel enrojeciendo, marcas de mis dedos. ‘¡Más, puta religiosa! ¡Tu coño gotea!’, digo oliendo su excitación almizclada. Meto dos dedos en su raja chorreante, bombeando fuerte. Ella se retuerce, tetas rebotando. ‘¡Fóllame la boca!’, suplica. Le meto los dedos empapados en su garganta, la ahogo en sus propios fluidos. La volteo, le abro las piernas: coño maduro, labios hinchados, clítoris erecto. Chupo voraz, mordiendo suave. ‘¡Sí, lame mi coño sucio!’, grita. Le clavo la lengua, sorbiendo jugos dulces y salados.
Saco el consolador: 20 cm de silicona venosa. Se lo hundo de un golpe, follándola salvaje. ‘¡Rompe mi útero, esclava!’, aúlla, clavándome uñas. Mi coño arde; me froto contra su muslo, corriéndome en chorros. Ella explota: ‘¡Me corro… Virgen santa, me corro como una perra!’. Sacudidas brutales, squirt empapando las sábanas de seda.
Jadeamos. La levanto: ‘Vístete, condesa. Como si nada’. Se pone la ropa temblando, maquillaje corrido. ‘Nadie sabrá, ¿verdad? Seré tuya en privado’. ‘Sí, mi puta secreta. Ahora, sonríe para la cena VIP’. Bajamos, ella impecable, crucifijo reluciente. Brindamos champagne, miradas cómplices. Nuestro pacto de élite: placer prohibido en el lujo eterno.