Hace casi un año que vivo sola en Roma por trabajo. Alquilé un ático brutal en un hotel de lujo, piso 15, vistas al Coliseo que quitan el aliento. No estoy sola del todo, mi Yorkshire Fou-Fou, de dos años, me hace compañía. Cada mañana, lo saco al jardín privado del hotel, ese oasis con fuentes y palmeras. Ahí la conocí a ella, con su caniche Pompon. Eh… altísima, 25 años, piel bronceada de diosa mediterránea, ojos azules que brillan como el mar en Capri, melena negra sedosa cayendo por la espalda.
—Hola, qué mono tu perrito —me dice con esa voz ronca, sonrisa pícara.
La tensión sube en el lounge exclusivo
—Pompon, ¿verdad? El mío es Fou-Fou, un loco que salta como poseído —río, oliendo su perfume caro, mezcla de jazmín y vainilla.
Charlamos bla bla, subimos juntas en el ascensor dorado. Yo aprieto el 15, ella el 1. Galante, le digo: ‘¿Café arriba algún día?’. Sus ojos me recorren, uhmm, noto la chispa. Pero su placa dice dos nombres, pareja o lo que sea. Aun así, fantaseo. Noches de champagne Dom Pérignon, burbujas en la lengua, soñando con su coño apretado.
Esta Nochevieja, en el lounge VIP del hotel, firmamos contratos. Ella, abogada top, yo ejecutiva. Mesas de mármol, sillones de cuero negro que crujen suaves, olor a cigarros cubanos y cuero nuevo. Firmamos papeles, pero las miradas… joder, queman. Sus piernas cruzadas, falda ceñida subiendo un poco, tacones Louboutin rojos. Yo en seda italiana, escote que deja ver justo lo suficiente.
—¿Todo en orden? —pregunta, mordiéndose el labio, mano rozando la mía al pasar el bolígrafo.
El polvo intenso y el regreso al lujo
—Perfecto… pero falta algo —susurro, corazón latiendo fuerte.
El lounge se vacía, invitados borrachos se van. El espacio VIP se cierra, luces tenues, jazz suave. Nos quedamos solas con los perros dormidos en las camas de lujo. ‘Ven a mi suite’, le digo. Subimos en ascensor privado, su mano en mi cintura, beso ya en la boca, lenguas enredadas, sabor a champagne y deseo.
Puertas cerradas, suite de 200m², cama king size con sábanas de hilo 1000, vistas panorámicas. La empujo contra la pared de cristal, manos en sus tetas firmes, pezones duros bajo la blusa. ‘Quítatelo todo’, gruño. Ella ríe, nerviosa: ‘Sí, fóllame ya’. Le arranco la falda, tanga de encaje negro empapada. Mi coño palpita, le meto dedos, está chorreando, clítoris hinchado. ‘Joder, qué puta mojada’, digo oliendo su sexo, ese aroma almizclado que me enloquece.
Me tira en la cama, soie fría contra mi piel caliente. Baja, lame mi coño despacio, lengua en círculos, chupando fuerte. Gimo: ‘¡Más, cabrona!’. Le cojo la cabeza, empujo contra mi clítoris. Luego, 69 brutal, su coño en mi cara, pelo negro rozándome, saboreo sus labios hinchados, introduzco lengua profunda. ‘¡Come mi polla!’, grita cuando saco mi juguetito, un strapon negro grueso. Me lo pone, me monta a lo cowgirl, tetas rebotando, uñas en mi piel. ‘¡Fóllame duro!’, jadea. La penetro salvaje, embistes que hacen temblar la cama, sudor mezclado, olor a sexo puro. Cambio, perrito contra el ventanal, Roma abajo indiferente. Le azoto el culo perfecto, rojo marcas, entro y salgo, polla sintética partiéndola. Ella grita orgasmos, yo exploto, chorros en su espalda, semen falso goteando.
Agotadas, ducha de lluvia tropical, jabón espumoso en cuerpos exhaustos. Nos vestimos, smokings impecables. Bajamos al lounge como reinas, contratos firmados, sonrisa cómplice. ‘Hasta mañana, con los perros’, dice guiñando. Secreto élite, nadie sabe. Fou-Fou ladra feliz, Pompon menea cola. Vida VIP sigue, pero mi coño aún late recordándolo.