Eh… acabo de bajar del yate privado de mi marido, el conde Aldemar. Todavía huelo a cuero nuevo y sal marina. Ese yate, anclado en las aguas de Ibiza, puro lujo: mármol italiano, champán Dom Pérignon enfriándose en cubiteras de plata. Mi conde… setenta y pico, paralizado desde hace años. No habla, no se mueve, solo mira con esos ojos que lo saben todo. Pero yo… yo soy Hortense, la condesa que no para. Adoro esto, el poder, la exclusividad.
Estábamos en la cubierta superior, espacio VIP total. Yo, con un vestido de seda negra que se pega a mis curvas, tetas firmes asomando. Él, mi nuevo amante, el marqués de Cessac, un tipo alto, musculoso, con esa polla que promete. Trajo los contratos: deals millonarios para invertir en criptos y yates. Papeles sobre la mesa de teca, vistas al mar al atardecer. ‘Firma aquí, marquesa’, dice él, voz grave, ojos clavados en mi escote. Yo sonrío, cruzo las piernas, el roce de la seda en mi piel me eriza. ‘¿Estás seguro de que estos términos me follan bien?’, le suelto, mordiéndome el labio. Él se acerca, su colonia cara invade el aire. El conde en su sillón de ruedas, cubierto con una sábana blanca, ahí, testigo mudo.
La Tensión Sube en la Cubierta VIP
La tensión sube. Nuestras miradas se cruzan sobre los dossiers. Sus manos rozan las mías al pasar las páginas. Siento su calor. ‘Hortense, estos contratos nos harán ricos… pero tú ya lo eres en curvas’, murmura, bajito. Río suave, echo el pelo rubio atrás. El champán burbujea, lo sirvo, gotas en mis dedos. Él lame una, lento. El espacio VIP se cierra: bajo la persiana motorizada, luces tenues, ahora es privado. ‘Quítate esa sábana, amor. Que mire’, digo, señalando al conde. Él duda, eh… ‘¿Estás loca?’. ‘No se mueve, no habla. Solo oye… y disfruta’. El marqués obedece, destapa al viejo. Aldemar nos mira, inmóvil.
El Sexo Brutal y el Regreso a las Apariencias
Ya no hay contratos. Lo arranco de la silla, lo empujo al sofá de cuero. Su polla sale dura, gorda, venosa. ‘Joder, qué pedazo de verga’, gimo, arrodillándome. La chupo, profunda, saliva chorreando, gusto salado y a mar. Él gruñe, agarra mi pelo: ‘Puta condesa, trágatela toda’. La meto hasta la garganta, toso un poco, pero sigo, babas por mis tetas. El conde ve todo, sus ojos brillan. Me pone a cuatro patas sobre la mesa, contratos volando. Me abre el coño con dedos, húmeda ya, chorreando. ‘Estás empapada, zorra’. Empuja su polla de un golpe, me llena, duele rico. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’, grito. Me taladra, culazos secos, piel contra piel chapoteando. Mis tetas rebotan, pezones duros rozando el cuero frío. Cambio, me monta encima, cabalgo esa verga, clítoris frotando, orgasmo subiendo. ‘Me corro… joder… ¡sí!’. Él eyacula dentro, leche caliente llenándome, chorros potentes. Sudor, olor a sexo crudo mezclado con champán.
Sudando, nos separamos. Limpio con toallitas de hilo egipcio, me ajusto el vestido. ‘Vuelve la sábana, amor. Que descanse’. Él obedece, sonríe pícaro. Firmamos los contratos como si nada, tinta fresca. ‘Buen negocio, marquesa’. Brindamos, champán frío bajando garganta. El conde tapado, secreto nuestro. Bajo del yate al amanecer, piernas temblando, coño palpitando aún. Ese poder… esa adrenalina VIP. Volveré por más.