Ay, chica, si supieras lo que me pasó el otro día… Estaba en ese yate privado, uno de esos que huelen a cuero nuevo y sal marina, fondeado en la Costa Azul. Invitada por un cliente, un tipo con poder, de esos que firman contratos de millones mientras beben champán Dom Pérignon. Yo, con mi vestido de seda que se pega a la piel por el calor, repasando dossiers en la cubierta VIP. Él, Alex, no, espera, se llama Víctor, con esa mirada que quema.
—Kari, ¿sigues fiel a tu marido? —me dice, acercándose, su aliento a whisky caro rozándome el cuello.
La tensión sube en el yate de lujo
—Totalmente —le respondo, pero mi coño ya palpita. Hablamos de todo: mi gym kegel, cómo aprieto la polla de Pierre hasta que explota. Le cuento que antes no sentía nada, que con chicos guapos era como un vacío, pero ahora… uf.
Él se ríe, pone la mano en mi muslo. El cuero del asiento cruje bajo nosotros. Olor a su colonia cara, madera pulida, olas chocando suave. La tensión sube, los contratos olvidados. Me susurra:
—¿Quieres probar algo… exclusivo?
Dudo, muerdo mi labio. El sol se pone, el yate se queda solo con la tripulación abajo. El espacio VIP se cierra, cortinas de seda caen. Ya no hay miradas ajenas.
De repente, me besa el cuello. Sus manos en mi vestido, subiendo. Yo… joder, me entrego. Él me tumba en el sofá de cuero, fresco contra mi espalda caliente. Me arranca las bragas, finas, de encaje. Su polla… Dios, 18 cm de largo, 4,5 de grosor. La saca, dura como hierro, venosa. La miro, babeo.
—Chúpamela, Kari —gruñe.
Obedezco. La meto en la boca, saboreo el precum salado. La chupo profundo, garganta hasta el fondo, mis labios estirados. Él gime, agarra mi pelo. Pero no dura, quiere mi coño.
Me abre las piernas, lame mi clítoris. Lengua experta, dedos dentro, curvados. Huelo mi propia humedad mezclada con su sudor. Gimo:
El polvo brutal y el regreso a la normalidad
—Fóllame ya…
Entra lento, primero la punta. Pausa, me mira. Luego, despacio, cm a cm. Me llena, estira mi coño como nunca. Aprieto con mi gym, lo siento palpitar. Empieza a bombear, movimientos amplios. Yo controlo un poco, subo las caderas, pero él es viril, me clava.
—Córrete, puta —me dice, y yo exploto. Orgasmo brutal, espasmos que me sacuden, jugos chorreando por el cuero. Él sigue, cambia a misionero. Nuestros ojos clavados, beso su boca. Levanto piernas, penetra hondo. Su pubis masajea mi clítoris, roza mi vulva. Siento cada vena deslizándose dentro.
Acelera, salvaje. Olor a sexo, champán derramado, piel sudada. Me folla como un animal, bolas golpeando mi culo. Grito:
—¡Más fuerte!
Viene dentro, chorros calientes inundándome. Yo otra vez, piernas temblando, no puedo ni moverme.
Minutos después, se sube los pantalones. Me pasa una toalla de seda, champán fresco. Sonreímos, como si nada. Firmamos el contrato en la mesa, miradas cómplices. Él guiña:
—Nuestro secreto de élite.
Bajo del yate, piernas flojas, coño palpitando aún. Pierre ni lo sabrá, pero fue… adictivo. Ese poder, esa exclusividad. ¿Repetiría? Ay, chica, no lo dudes.