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Mi polvo salvaje en el yate privado de un millonario

Ese día, mi coño me ardía desde la mañana. Me desperté sudada de un sueño húmedo, con las bragas empapadas, pero mi novio… nada. ‘Cariño, tenemos prisa, el jet sale en una hora’, me soltó mientras se vestía. Joder, salí con el clítoris hinchado, palpitando bajo la falda de seda. En el coche, el olor a cuero nuevo del Mercedes me ponía más cachonda. Pensaba en pollas gruesas, en yates balanceándose en el mar…

Llegamos al puerto de Ibiza. El yate privado del cliente esperaba, todo cristal y mármol blanco. Yo, asistente ejecutiva en este mundo de élite, con mis tacones Louboutin resonando en la cubierta. Adentro, el lounge VIP: sofás de piel italiana, champán Dom Pérignon enfriándose en cubos de hielo. Él, Javier, el millonario de 45, traje a medida, ojos que me desnudaban. Revisábamos contratos en la mesa de caoba, pilas de papeles con cifras millonarias. Sus dedos rozaban los míos al pasar páginas. ‘Mira esto, Carmen…’, murmuraba, su voz grave. Yo sentía su mirada en mis tetas, apretadas en el corsé de encaje. El aire olía a su colonia cara, a sal marina y a mi propia humedad traicionera.

La tensión sube en el lounge VIP

‘Joder, esta impresora de alta gama se ha atascado’, dije, inclinándome sobre la máquina en la esquina del lounge. Mi culo se marcaba bajo la falda ceñida, la tanga de hilo invisible. Él se acercó por detrás. ‘Déjame ver…’, su aliento caliente en mi cuello. Sus manos grandes abrieron el panel, rozando mi cadera. ‘Atasco en la zona T2’, leyó, pero yo ya notaba su polla endureciéndose contra mí. Nuestros ojos se cruzaron, fuego puro. ‘¿Otro problema?’, preguntó con sonrisa lobuna. Tomé su mano, la llevé a la bultaca en mi falda. ‘Aquí… en la X1’. Él jadeó, empezó a masajearme la concha por encima de la tela. ‘Carmen, estás chorreando…’

Me giró, me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, sabor a champán dulce. ‘Ven…’, susurró, arrastrándome al camarote privado, puerta blindada. Cerró con pestillo. Sus manos rasgaron botones de mi blusa, tetas al aire, pezones duros como piedras. ‘Qué ubres tan perfectas’, gruñó, chupándolos con furia, mordisqueando. Yo le bajé el pantalón, polla enorme saltó, venosa, goteando precum. ‘Fóllame ya, Javier’, gemí. Me empujó contra la pared de espejo, olor a sábanas frescas y cuero. Levantó mi falda, rompió la tanga. Dedos en mi coño empapado, chapoteando. ‘Estás como una fuente, puta cachonda’.

El clímax brutal en la suite privada

Me puso a cuatro patas en la alfombra persa, suave bajo mis rodillas. Lamí su polla, salada, gruesa, hasta la garganta. ‘Ahora te la meto entera’, dijo. Apuntó, glande abriendo mis labios vaginales. Entró de un empujón, ‘¡Aaaah!’, grité, estirándome al límite. Embestidas brutales, huevos golpeando mi clítoris, ‘¡Sí, rómpeme el coño!’. Sudor goteando, sus manos amasando mis nalgas, dedo en mi culo apretado. ‘Te voy a correr dentro’, jadeó. Yo me contraía, orgasmos en ráfaga, chorros mojando sus muslos. Él rugió, semen caliente llenándome, desbordando.

Me besó el cuello, ‘Ha sido brutal, Carmen’. ‘Shh, secreto nuestro’, respondí, sonriendo. Nos vestimos rápido, alisando arrugas. Salimos al lounge como si nada, contratos en mano. Él sirvió champán, brindamos por ‘el acuerdo perfecto’. Nuestros ojos cómplices, ese fuego latente. Ahora, una semana después, nos miramos en las reuniones VIP, sabiendo que el próximo yate nos espera. Adrenalina pura, placer de élite.

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