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Mi polvo inolvidable en el yate privado con mi marido y su socio VIP

Acabo de bajar del yate privado de Javier, mi marido. Dios, qué noche… El olor a cuero nuevo de los asientos aún me persigue, mezclado con el salitre del mar y el burbujeo del champán Dom Pérignon. Estábamos en ese yate anclado frente a la Costa Brava, cerrando contratos millonarios con Luis, el socio de Javier. Todo tan exclusivo, tan VIP. Yo, con mi vestido de seda roja ceñido, tacones Louboutin, sintiendo la brisa en la piel.

Luis llegó primero, con su maletín de piel italiana. Javier estaba en una llamada retrasada. Nos sentamos en la terraza privada, papeles por todos lados. Firmamos cláusulas, pero sus ojos… eh… se clavaban en mis tetas, que asomaban del escote. Yo notaba mis pezones endureciéndose bajo la seda fina. ‘¿Todo bien, Paula?’, me dijo con esa voz grave, mientras su mano rozaba la mía al pasar un bolígrafo. El corazón me latía fuerte. Brindamos, el champán frío bajando por mi garganta, efervescente, dulce. Sus miradas se volvieron fuego. ‘Este espacio es todo nuestro ahora’, murmuró, cerrando la puerta de la suite VIP. El yate se mecía suave, como invitando.

La tensión sube en el yate de lujo

No pude resistir. Me acerqué, mis labios rozaron los suyos. ‘Luis… Javier llega pronto, pero…’. Su lengua invadió mi boca, fiera, mientras sus manos subían por mis muslos, bajo la falda. Olía a su colonia cara, madera de sándalo. Me empujó contra la pared de mármol, levantó mi vestido. ‘Estás empapada, puta cachonda’, gruñó, metiendo dedos en mi coño. Gemí, sí… sus dedos gruesos frotando mi clítoris hinchado. Me corrí rápido, temblando, chorreando en su mano. Bajó los pantalones, sacó esa polla circuncidada, larga, dura como hierro. ‘Chúpala’, ordenó. Me arrodillé en la alfombra persa, el sabor salado de su prepucio en mi lengua. La mamé profunda, hasta la garganta, babeando.

El regreso a las apariencias de élite

Me levantó, manos en mi culo, me empaló contra la pared. ‘¡Ah, joder, qué coño tan apretado!’, jadeó, ramoneándome fuerte. Sus pelotazos chocando mis nalgas, el sonido húmedo de mi chocho tragándosela. ‘Fóllame más duro, Luis… destrózame’. Me llevó al camarote principal, cama king size con sábanas de hilo egipcio. Me tumbó, piernas en sus hombros, entró de nuevo. ‘¡Sí, así, métemela toda!’. Me follaba brutal, mis tetas botando, pezones duros como piedras. Oler su sudor mezclado con el cuero. Me corrí gritando, mi coño contrayéndose alrededor de su verga. Él no aguantó, ‘¡Toma mi leche, zorra!’, y me llenó, chorros calientes inundando mi útero.

Oí el helicóptero de Javier aterrizando en la plataforma. Me puse un kimono de seda, Luis se abrochó la camisa. Javier entró, nos vio sonrientes. ‘¿Ya habéis empezado sin mí?’, dijo con media sonrisa, excitado. Cenamos en la terraza: caviar, langosta, vino de Burdeos. Hablamos de negocios, como si nada. Pero bajo la mesa, mi mano en la polla de Javier, la de Luis en mi muslo. ‘Buen aperitivo, ¿eh?’, bromeó Javier. Reímos, ese secreto nuestro, de élite. Ahora, en casa, aún siento su semen secándose dentro de mí. ¿Volverá a pasar? Dios, espero que sí.

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