Ay, chicas, acabo de bajar del yate de mi marido. Ese olor a cuero nuevo y sal marina todavía me persigue. Era una noche de esas, ¿sabéis? Negociando contratos millonarios con clientes VIP en el club exclusivo de Marbella. Mi marido, ese hombre de poder con su traje impecable, y yo, con mi vestido de seda que se pega al cuerpo como una segunda piel. Y luego está ella, mi asistente, Lucía. Joven, con curvas que matan, ojos que te desnudan. Llevaba una falda lápiz que apenas contenía su culo perfecto.
Estábamos en la cubierta privada, champán Dom Pérignon burbujeando en las copas. Frío, afrutado, con ese toque que te sube por la garganta. Revisábamos los dossiers bajo las luces tenues. ‘Mira este cláusula, amor’, le dije a mi marido, rozando su mano. Pero mis ojos se clavaban en Lucía. Ella se inclinaba sobre la mesa, sus tetas apretadas contra la blusa, pezones marcados. Él lo notó. Sonrió de esa forma suya, la del depredador. ‘¿Todo bien, Lucía?’, preguntó, voz grave. Ella tartamudeó: ‘S-sí, señor… solo… este punto’. La tensión era eléctrica. Sudor fino en su cuello, perfume caro mezclándose con el mar.
La tensión sube en el yate de lujo
Los clientes se fueron en el helicóptero privado. El yate era nuestro. ‘Cierren la puerta’, ordenó mi marido. Espacio VIP, ahora íntimo. Lucía dudó: ‘¿Q-qué pasa?’. Yo me acerqué, toqué su brazo. Piel suave, caliente. ‘Relájate, guapa. Sabes que te miro desde el primer día’. Mi marido sirvió más champán. ‘Hablemos claro. Os deseo a las dos’. Ella se mordió el labio, ojos brillantes de miedo y ganas.
De repente, todo explotó. Mi marido la besó primero, duro, lengua dentro. Yo me uní, desabrochando su blusa. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. ‘Joder, qué ricas’, gemí. Él le bajó la falda, revelando un tanga empapado. ‘Mira cómo está de mojada esta puta’. Lucía jadeaba: ‘Por favor… no pares’. Yo me arrodillé, lamí su coño a través de la tela. Sabor salado, dulce. La arranqué y metí la lengua profunda, chupando su clítoris hinchado. Ella gritó, manos en mi pelo.
Mi marido sacó su polla gruesa, venosa, ya tiesa. ‘Chúpala, Lucía’. Ella obedeció, gorgoteando, saliva cayendo. Yo la miré, masturbándome bajo la seda. ‘Fóllatela ya’, le dije. Él la puso a cuatro patas sobre el sofá de cuero. Olía a sexo puro. Entró en su coño de un empujón, chapoteando. ‘¡Ahhh! ¡Qué prieta!’, rugió. Yo me puse debajo, lamiendo sus huevos mientras la follaba. Ella se corría ya, chorros calientes en mi cara.
El sexo brutal sin filtros
Cambié. ‘Mi turno en el culo’. Lubriqué su ano con mi saliva. Mi marido la abrió con dedos. ‘Relájate, zorra’. Entró lento, centímetro a centímetro. Lucía aullaba: ‘¡Me parte! Pero… sigue…’. Yo monté su cara, restregando mi coño en su boca. Lengua torpe, ansiosa. Él aceleró, polla desapareciendo en su culo. ‘Me corro…’. Eyaculó dentro, semen goteando. Yo exploté en su boca, temblando.
Luego, él me folló a mí, con el semen de ella como lubricante. Lucía nos lamió unidos. Orgasmo grupal, gritos ahogados por el viento.
Al amanecer, volvimos al modo étiquette. Vestidos perfectos, champán vacío. ‘Buen trabajo con los contratos’, dijo mi marido, guiñando. Lucía sonrió tímida: ‘Gracias… por todo’. Besos en mejillas, como si nada. Pero ese secreto nos une. Adrenalina de élite. ¿Volverá a pasar? Ay, espero que sí.