Dios, aún siento el olor a cuero nuevo del yate de Martina. Ese yate privado anclado frente a Ibiza, todo cristal y mármol blanco, donde solo entran las que firman contratos de millones. Yo, Carmen, acababa de cerrar un deal con Colette, mi jefa francesa, y las otras: Marie, la dulce pero viciosa, Janine la rubia fiera, Anaïs la morena juguetona, Andrea la robusta, y Béné, la que manda en la cama. Estábamos en la sala VIP, revisando dossiers sobre la mesa de caoba, copas de champagne Dom Pérignon burbujeando. El sol se ponía, tiñendo el mar de oro.
Mis piernas cruzadas bajo la falda de seda, notaba sus miradas. Marie rozaba mi rodilla ‘por accidente’, Colette clavaba los ojos en mi escote. ‘Carmen, firma aquí’, decía Martina, su voz ronca, mientras su tacón subía por mi pantorrilla. La tensión crecía, el aire cargado de perfume Chanel y deseo. ‘Chicas, dejemos los papeles’, susurró Béné, cerrando la puerta blindada. El espacio VIP se volvió nuestro. Luces tenues, música jazz suave, y yo en el centro, palpitando.
La Tensión en el Espacio VIP
De repente, Martina me ordena: ‘Desnúdate, puta. Hora de celebrar’. Me quito todo, piel erizada por el aire acondicionado. Me llevan a la ducha de mármol italiano, chorros calientes cayendo como lluvia tropical. No sola, claro. Marie me enjabona las tetas, dedos resbalando por mi coño depilado. ‘¿Estás cansada ahí abajo?’, ríe, metiendo dos dedos. Gimo, el jabón espumoso mezclándose con mi humedad. Janine me seca el culo con toallas de hilo egipcio, oliendo a lavanda. ‘Mira cómo marcas, Carmen. Béné te ha dejado huella’.
Me tumbo en el chaise longue de cuero, naked, sorbiendo un cóctel de anís frío. Recuerdos me inundan: el bautismo. Primero, Anaïs me meó en la boca, salado y ácido, tragué como iniciada. Luego, el puente. ‘¡Arquea el culo!’, grita Martina. Andrea me sujeta las piernas, sus pies rozando mis nalgas. Marie se pone a horcajadas sobre mí, rodillas en mis brazos. ‘¡A fessar su coño!’, ordena Martina. Sus manos bajan, plaf, plaf en mi chocho. Primero suave, luego ardiente. Mi clítoris hinchado, labios rojos, jugo chorreando. El sonido pasa de seco a chapoteo húmedo. Grito, pero ella se sienta en mi cara, su culo musgoso ahogándome. Huelo su coño, lamo mientras me azota. Dolor y placer, exploto en orgasmo.
El Acto Brutal y los Placeres Intensos
Béné toma el relevo. Sus dedos finos masajean mi coño en llamas, pellizcando el clítoris. ‘¡Joder, qué mojada!’, dice Martina. Me corro de nuevo, olas dulces apagando el fuego. Luego, la segunda: de rodillas en la alfombra persa, culo alto, piernas abiertas. ‘¡Fessée en el culo!’, ruge Martina. Béné alterna cachetadas, paume como badajo, dedos como látigo. Quemo, grito, me retienen. Pierdo la cuenta, todo arde. Al final, caricias frías, masajes. Me besan everywhere: labios en tetas, lenguas en pies, mordiscos en ingles. ‘¡Fóllame, por Dios!’, suplico. Bandana en ojos, dedos en coño y culo, lenguas por doquier. Me corro una, dos, diez veces, volando en éxtasis infinito.
Martina me penetra: dedo en coño, luego en ano, gode anal liso entrando. ‘¡Relájate!’. Dolor fugaz, lleno. Luego bolas de geisha en mi chocho, chocando dentro. Camino tambaleante al comedor, orgasmos en cada paso. Cenamos como reinas: caviar, langosta. ‘Buenas chicas’, dice Martina, guiñando. Etiqueta impecable, trajes de noche, risas sobre negocios. Nadie adivina el secreto: mi coño aún palpita bajo la mesa. Privilegio de élite.