Acabo de bajar del jet privado de ese magnate ruso, el olor a cuero nuevo aún me impregna la piel. Éramos solo nosotras dos en la sala VIP, revisando contratos millonarios. Elena, la heredera española, con su vestido de seda negra que se pegaba a sus curvas perfectas. Yo, la asesora sexy que cierra tratos con una sonrisa pícara. Champagne Dom Pérignon en copas frías, burbujas que explotaban en la lengua, dulces y ácidas.
Sus ojos marrones me devoraban mientras hojeábamos los dossiers. ‘Mira esto, Carmen…’, decía, rozando mi mano al pasar una página. Su piel suave, cálida, como terciopelo. Yo sentía el calor subiendo, mis pezones endureciéndose bajo la blusa de satén. ‘Sí, Elena… es perfecto’, respondía yo, mordiéndome el labio. La cabina principal era puro lujo: asientos reclinables en piel italiana, luces tenues, el zumbido suave de los motores a 10.000 metros. Pero la tensión… uf, era eléctrica. Sus piernas cruzadas, la falda subiendo un poco, mostrando muslos firmes. Yo cruzaba las mías, apretando para calmar el cosquilleo en mi coño.
La Tensión en las Alturas del Lujo
De repente, cerró el dossier. ‘Necesito… privacidad para esto’, murmuró, su voz ronca. Me llevó a la cabina privada trasera, puerta blindada que se cerró con clic. Espacio diminuto pero opulento: cama king con sábanas de hilo egipcio, minibar con cristal tallado. Nos miramos, el aire cargado. ‘Carmen, no sé qué me pasa contigo…’, confesó, acercándose. Sus labios carnosos, temblando. La besé primero, suave, probando su gloss de vainilla. Ella gimió, abriéndose.
Le arranqué el vestido, exponiendo sus tetas perfectas, pezones rosados duros como diamantes. ‘Joder, Elena, qué ricas…’, gruñí, chupándolas con hambre. Mordí una, tirando, mientras mi mano bajaba a su tanga empapada. Huele a mujer excitada, almizcle dulce. ‘¡Ay, Dios, Carmen! No pares…’, jadeó ella, arqueando la espalda. Le metí dos dedos en el coño chorreante, caliente, apretado. Entraban fáciles, lubricados por sus jugos. La follaba con la mano, rápido, girando en su clítoris hinchado. Ella gritaba, ‘¡Más, coño, más profundo!’.
El Secreto Compartido en la Elite
La tumbé en la cama, abrí sus piernas. Su coño depilado, labios hinchados, brillando. Lo lamí todo: desde el ano hasta el clítoris, sorbiendo su miel salada. ‘Sabe a puta ambrosía…’, murmuré. Metí la lengua dentro, follando su entrada mientras pellizcaba sus tetas. Ella se retorcía, clavándome las uñas. ‘¡Voy a correrme, joder!’. Explosó en mi boca, chorros calientes que tragué ansiosa. No paré, seguí chupando hasta su segundo orgasmo, convulsionando.
Ahora ella, voraz. Me desnudó, besó mi cuello, bajando a mi coño rasurado. ‘Quiero comerte entera’, dijo, separando mis labios. Su lengua experta en mi clítoris, círculos rápidos. Metió tres dedos, estirándome, bombeando duro. ‘¡Fóllame, zorra!’, grité, cabalgando su cara. El orgasmo me partió, piernas temblando, squirt en su boca. Nos frotamos coños, clítoris contra clítoris, sudadas, oliendo a sexo puro.
Minutos después, salimos impecables. Maquillaje rehecho, vestidos planchados. Firmamos los contratos con sonrisas profesionales. ‘Trato hecho, Elena’, dije, guiñando. Ella ruborizada, ‘Sí… perfecto’. Bajamos del jet, secretarias esperando. Nadie sospechó. Pero en sus ojos, el fuego. Nuestro pacto de élite: placer exclusivo, sin rastros. Aún siento su sabor en la lengua.