Ay, chicas, acabo de volver de unas vacaciones de infarto en la Costa Azul. Mi marido, ese ejecutivo con yates propios, y yo, en nuestro yate privado anclado frente a Mónaco. Olía a sal marina mezclada con el cuero caro de los asientos, y el champagne Dom Pérignon burbujeaba en copas de cristal. Allí me encontré con Sandra, mi amiga de la uni, la que sacó las mejores notas pero siempre con ese aire de queja. Bruneta, piel morena, 36 años, y ¡uf! esas tetas… enormes, pesadas, como melones maduros. Estaba sola, divorciada hace un año, sin polla que la folle.
Al principio, todo lujo y glamour. Piscina infinita en la cubierta, bikinis diminutos, sol quemando la piel. Yo en un tanga de hilo y top transparente, mis pechos 90 en forma de pera balanceándose. Sandra, con un bikini negro que apenas contenía sus ubres. Mi marido, Marcos, la devoraba con los ojos tras sus gafas de sol. Yo notaba su polla endureciéndose bajo el short. ¿Celos? No, me ponía cachonda. Con ella, no. A Marcos le flipan los pies, sobre todo los míos después de un día en tacones Louboutin. En casa, se arrodilla, lame mis dedos sudados, chupa hasta que mi coño chorrea. Me encanta ese poder, verlo pajearse la verga gruesa mientras me masajea las plantas.
La tensión sube en la cubierta VIP
Tomamos copas, hablamos de contratos millonarios. Sandra presume de su nuevo puesto en finanzas, pero se queja de su vida seca. ‘Un año sin macho, ¿te imaginas?’, dice con voz ronca. Marcos pregunta detalles, yo intervengo picante: ‘Con esas tetas, ¿nadie te folla?’. Ella se ríe, nerviosa. La noche cae, entramos en la suite VIP. Luces tenues, sofás de terciopelo rojo, olor a jazmín y cuero. Yo en un vestido de seda rojo sin sujetador, pezones rozando la tela. Sandra con blusa suelta. Nos sentamos: Marcos a mi lado, ella enfrente. La charla vira a lo sexual. ‘¿Cuántas veces folláis?’, pregunto. ‘Dos o tres por semana’, dice él, su mano en mi muslo.
Tension… La miro, superior: ‘Quítate la blusa, Sandra, déjalo ver esas tetazas’. Ella duda, eh… pero se la saca. Sujetador negro transparente, pezones oscuros asomando, duros. ‘Yo también’, digo, bajando tirantes. Mis tetas libres, más pequeñas pero firmes. Marcos babea. ‘¿Qué dices, cariño? ¿Te gustan las grandes?’. Él: ‘Sí… uf, pesadas’. Sandra suspira: ‘Me duelen el espalda’. Yo: ‘Quítate el sujetador, relájate’. Brazos atrás, ¡zas! Dos ubres caen, venosas, pezones gordos como corchos. Marcos se arrodilla, las toca suave… luego aprieta fuerte. Ella jadea.
El polvo brutal y el riesgo prohibido
Yo meto mano bajo su camisa, siento su polla tiesa, goteando. Le pongo el pie en la entrepierna, tacón contra huevos. ‘Tócalas bien’, le digo. Él saca una teta por encima del sujetador, pinza el pezón, lo retuerce. Sandra gime: ‘Ah…’. Yo la otra, tiro, azoto suave. Sus manos suben la falda, slip negro empapado, coño hinchado con pelos rizados asomando. ‘Mira esa chochita’, digo a Marcos. Él se baja el short: verga violeta, cabeza hinchada, venosa. Yo echo slip a un lado, labios rojos abiertos.
La pongo entre nosotros en el sofá. Marcos la amasa brutal, tetas deformadas. ‘Fóllatela’, ordeno. Ella: ‘No… no tomo pildora’. Yo la agarro brazos arriba, inmovilizada. ‘Dale, Marcos, métela toda’. Él empuja: glande abre labios, entra resbaladizo. Ella grita: ‘¡Para!’. Pero arquea caderas. Él la taladra, polla desapareciendo en ese coño fértil. ‘¡Vas a preñarla!’, le digo, excitada. Sudor, olor a coño y cuero. Ella: ‘¡Cabrones… ahhh!’. Marcos acelera, huevos chocando. ‘¡Córrete dentro!’, grito. Él ruge, bombea semen caliente. Yo me corro sola, jugos bajando piernas.
Al día siguiente, desayuno en cubierta como si nada. Champagne, croissants. Sandra sonriente, sin dramas. ‘Buenas noches, ¿eh?’, guiña. Nuestro secreto élite. Volvimos a follar a tres, pero eso… otro día.