¡Ay, chicas! Soy yo, Cristina, la que os cuenta estas locuras desde mi restaurante en Marbella. La semana pasada, en el lounge VIP del Mandarin Oriental de Ibiza, con vistas al mar turquesa y sofás de cuero que huelen a riqueza, llega mi clienta fiel, Elena, con su hija Marjorie. Dieciocho añitos recién cumplidos, morena, cuerpo esbelto pero con unas tetas enormes, redondas, que se marcan bajo un vestido de seda ligero. Pedimos Martini con dos dedos de vermut, el fizz del champán Dom Pérignon en la lengua, fresco y burbujeante.
—Hola, guapa, ¿qué tal? —le digo a Elena, pero mis ojos van a Marjorie. Ella me mira fijo, un segundo de más, como si me desnudara con la mirada. Sus pupilas bajan por mi escote, lento, y siento un cosquilleo en las bragas.
La tensión sube en el lounge exclusivo
Elena habla de contratos para un evento en mi restaurante, saca papeles en la mesa de mármol. Firmamos, pero yo solo pienso en el roce de su hija al pasarme el bolígrafo. Nuestros dedos se tocan, un chispazo. Huele a su perfume caro, jazmín y vainilla. Afuera, veo a Dom, el técnico grandullón, instalando luces LED en la cubierta del yate anclado al lado. Guiño un ojo, él sonríe pícaro, pero hoy no toca.
Marjorie se acerca: —Mamá tiene una boutique exclusiva aquí arriba. ¿Subes a ver? Te ayudo a elegir algo… sexy. Su voz tiembla un poco, tímida pero con fuego.
Subimos al yate privado conectado al hotel, espacio VIP solo para socios. Elena se va a una reunión, nos deja solas en la suite panorámica. Puertas cerradas, el mundo afuera desaparece. Champán en cubitera de plata, alfombras persas suaves bajo los pies descalzos.
Ella me quita el chal de cachemira, despacio, sus manos rozan mis hombros. En el espejo enorme, nos vemos: yo, cuarentona con curvas orgullosas, ella, jovencita con tetas perfectas. —Kris… ¿puedo llamarte así? Eres… increíble —susurra, y me besa. Suave al principio, labios carnosos, luego lengua caliente invadiendo mi boca.
El éxtasis salvaje en la suite privada
¡Dios! La empujo contra el sofá de cuero blanco, olor a nuevo y sal marina. Le bajo el vestido, esas tetas saltan libres, pezones duros como piedras, marrones y grandes. Las chupo fuerte, mordisqueo, ella gime: —¡Ay, Kris, sí… muerde más! Le meto mano entre las piernas, su coñito ya chorreando, bragas de encaje empapadas. Se las arranco, huelo su excitación dulce y salada.
Me arrodillo, abro sus muslos firmes. Lengua directa al clítoris hinchado, lo lamo en círculos, chupando fuerte. —¡Joder, qué rico tu chochito mojado! —le digo, metiendo dos dedos dentro, calientes y apretados. Ella arquea la espalda, tetas bamboleando. —¡Fóllame, Kris, más profundo! Agarro sus nalgas redondas, index en su culito virgen, lo humedezco con sus jugos y empujo lento. Se retuerce: —¡Sí, en el culo también, me vuelves loca!
Tres dedos en el coño ahora, polleando duro, pulgar en el clítoris frotando salvaje. Ella se corre primero, gritando: —¡Me corro, joder, aaaah! Chorros calientes en mi mano, cuerpo temblando contra el cuero. No paro, la giro, cara al espejo, y la follo por detrás, dedos en coño y culo alternando. Sus gemidos son música, salvajes, sin filtro. Yo me toco el mío, empapado, rozando mi clítoris mientras la penetro.
La monto encima, tetas contra tetas, frotamos coños depilados, resbaladizos de fluidos. —¡Córrete conmigo, puta preciosa! —le ordeno, y explota otra vez, yo sigo, orgasmo brutal, piernas flojas.
Sudadas, jadeantes, nos separamos. Ella se arregla el pelo, yo el vestido. Champán para brindar. —Nuestro secreto de élite —digo, guiñando. Ella sonríe tímida: —Vuelve cuando quieras, Kris. Elena llega, todo normal: contratos firmados, sonrisas educadas. Pero bajo su mirada, sé que arde igual que la mía.