Acabo de volver de ese yate privado en la Costa Brava. Dios, qué noche. Olía a cuero italiano nuevo, mezclado con el salitre del mar y el humo de puros cubanos. Estábamos en la cubierta superior, solo unos pocos: inversores rusos, mi socio de siempre, Pablo, y yo. Vestida con un vestido de seda negra que se pegaba a mis curvas, tacones Louboutin resonando en la madera pulida. Brindamos con champán Veuve Clicquot, frío, burbujeante en la garganta, dulce como un beso prohibido.
Pablo… él siempre ha sido el fiel. Desde la uni, mi compañero de batallas, el que cierra tratos mientras yo seduzco con sonrisas. Moreno, ojos intensos, cuerpo atlético de tanto gym. Pero nunca ha cruzado la línea. O eso pensaba. Revisábamos los contratos bajo las luces tenues, papeles crujiendo, plumas firmando millones. Nuestras miradas se cruzaban. Largas, calientes. Sentía su pierna rozar la mía bajo la mesa de caoba. ‘¿Todo bien, Carmen?’, me dijo con voz ronca, mientras sus dedos rozaban los míos al pasar una página. El corazón me latía fuerte. Los rusos hablaban de yates y vinos, ajenos. La tensión crecía, como un nudo en el estómago. Sudor fino en mi nuca, el calor del Mediterráneo.
La tensión sube en el yate de lujo
De repente, uno de los rusos propuso un tour privado. ‘Pablo, ¿vienes?’, le dije. Él asintió, ojos fijos en mis labios. Bajamos a la suite VIP, puerta de acero blindado cerrándose con clic. Espacio solo para nosotros ahora. Alfombra persa suave bajo los pies, cama king size con sábanas de hilo egipcio. ‘Carmen… no aguanto más’, murmuró, acercándose. Su aliento olía a whisky añejo. Lo empujé contra la pared de cuero, besándolo con hambre. Lenguas enredadas, saladas de champán.
Le arranqué la camisa, botones volando. Su pecho duro, vello negro. Bajé la cremallera, saqué su polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Joder, Pablo, siempre supe que la tenías así de grande’, gemí. Me arrodillé, la lamí desde la base, lengua plana sobre el tronco, hasta el glande hinchado. Chupé fuerte, saliva goteando, bolas pesadas en mi mano. Él gruñó, ‘Carmen, tu boca… puta madre’. Me folló la garganta, embestidas profundas, hasta que me ahogué un poco, ojos lagrimeando.
El clímax privado y el regreso al lujo
Me levantó, rasgó mi vestido. Tetas al aire, pezones duros como piedras. Me tiró en la cama, soie fresca contra mi piel caliente. Abrió mis piernas, muslos temblando. ‘Mira ese coño mojado’, dijo, dedos hundiéndose en mi raja empapada. Clit hinchado, chorreando jugos. Me lamió el chocho voraz, lengua girando en el clítoris, dos dedos bombeando dentro, tocando mi punto G. Grité, ‘¡Sí, cabrón, come mi coño!’. Orgasmo brutal, piernas convulsionando, squirteando en su cara.
No paró. Me puso a cuatro patas, nalgas altas. Escupió en mi ano, dedo entrando despacio. ‘¿Quieres por el culo, zorra?’, jadeó. ‘Fóllame el culo ya’, supliqué. Empujó su verga gorda, cabeza abriéndose paso en mi ojete apretado. Dolor dulce, estirándome al límite. Genitales chocando, sudor goteando. Me sodomizó fuerte, mano en mi pelo tirando, otra azotando mi culo rojo. ‘Tu ano es mío, Carmen’. Polla hinchándose, me llenó de leche caliente, chorros profundos. Yo me corrí otra vez, coño palpitando vacío.
Exhaustos, piel pegajosa, olor a sexo y Chanel N°5. Se duchamos rápido, agua caliente lavando pecados. Agua jabonosa en su polla aún semi-dura. Volvimos a cubierta, vestidos impecables. Champán nuevo en mano. ‘¿Todo resuelto abajo?’, preguntó un ruso. Sonreímos, ‘Perfecto, contratos firmados’. Miradas cómplices, secreto elite. Pablo me guiñó ojo, dedo rozando mi mano. Adrenalina del poder, placer exclusivo. Nadie sabrá. Pero yo… lo reviviré mil veces.