Ay, chicas, acabo de bajar del yate de Carlos, ese magnate que todos envidian. Fue… inolvidable. Imagina: sol poniéndose sobre el Mediterráneo, el aire salado mezclado con el olor a cuero nuevo de los asientos. Estamos en su yate privado, un monstruo de 50 metros, solo para nosotros y el capitán discreto. Yo, Sofia, ejecutiva en moda de lujo, con un contrato millonario sobre la mesa de cristal. Él, con su traje impecable, camisa blanca abierta un poco, dejando ver ese pecho bronceado.
Revisamos los dossiers, página a página. Sus ojos… uf, me perforan. ‘Firma aquí, Sofia’, dice con esa voz grave, mientras su rodilla roza la mía bajo la mesa. El champagne Dom Pérignon burbujea en las copas, sabe a fresas y pecado. Huelo su colonia cara, madera de sándalo. Mi vestido de seda roja se pega a mi piel por el calor, mis pezones duros contra la tela fina. Él nota, sonríe de lado. ‘¿Calor?’, pregunta, inclinándose. Nuestros dedos se tocan al pasar las hojas. La tensión… Dios, se corta con cuchillo. El club exclusivo de Marbella nos trajo aquí, pero ahora el yate es nuestro mundo privado. ‘Ven, terminemos en mi suite’, murmura, y su mano en mi cintura me quema.
La tensión sube en la cubierta de lujo
Entramos. Puerta cierra con clic suave. Espacio VIP total: cama king size con sábanas de hilo egipcio, jacuzzi burbujeando. Me empuja contra la pared de madera pulida, olor a mar y deseo. ‘Te quiero follar desde que te vi’, gruñe, besándome con furia. Sus labios devoran los míos, lengua invadiendo, sabe a champagne. Le arranco la camisa, uñas en su pecho. Él baja la cremallera de mi vestido, cae al suelo. Mis tetas al aire, él las chupa, muerde pezones. ‘Joder, qué duras’, jadea.
El clímax brutal en la suite privada
De rodillas, le bajo los pantalones. Su polla salta, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Mámala, puta’, ordena. La engullo, chupando fuerte, lengua en el glande. Él gime, agarra mi pelo, folla mi boca. Saliva por mi barbilla. Me pone en la cama, cuatro patas. ‘Mira ese coño mojado’, dice, oliendo mi humedad. Me lame el culo, lengua en el ano. Luego, ¡zas!, su polla entra en mi chocho de un empujón. ‘¡Ahhh!’, grito, llena. Me taladra, huevos chocando mi clítoris. ‘Más fuerte, cabrón’, suplico. Cambia, me da la vuelta, piernas en hombros, penetra hondo. Siento cada vena. ‘Me voy a correr dentro’, avisa. ‘Sí, lléname la concha’. Eyacula caliente, chorros potentes. Yo exploto, coño contrayéndose, jugos chorreando.
Sudados, respirando agitados. Él se corre del jacuzzi, me lava con manos suaves. Secos, vestidos. Vuelve la mesa, firma el contrato. ‘Buen negocio, Sofia’, dice profesional, guiño cómplice. Bajamos a la lancha, flashes de paparazzis lejanos, pero nuestro secreto queda en el yate. Él, poder y control; yo, adicta a esta exclusividad. Mañana, reuniones en Milán. Como si nada. Pero mi coño palpita aún con su semen. ¿Repetimos?