Hace unas semanas, mi amante me metió en este mundo de jets privados y privilegios que parecen de película. Él, con su traje impecable, oliendo a colonia cara y cuero nuevo de los asientos. Yo, nerviosa pero cachonda, con un vestido de seda que se pega a mi piel sudada por la emoción. Volábamos a Dubai, o qué sé yo, en ese Falcon reluciente, solo nosotros cuatro: él, yo, y esa pareja de socios en un negocio millonario. Firmábamos contratos en la mesa de mármol, champán Dom Pérignon burbujeando en copas frías, el zumbido suave de los motores. Sus miradas… uf, ella, morena con curvas perfectas, ojos que me desnudaban despacio. Él, alto, con manos fuertes que rozaban las mías al pasar los papeles. ‘Firma aquí, cariño’, me susurra mi chico, pero su voz tiembla un poco. Siento el calor entre mis piernas, el olor a cuero caliente mezclado con su perfume floral. Nos miramos, yo bajo la vista al contrato, pero mi coño ya palpita. ‘¿Estás bien?’, me pregunta ella, sonriendo con labios rojos. ‘Sí… solo el aire’, miento, cruzando las piernas. La tensión crece, como si el jet se elevara más alto. De repente, él dice: ‘Vamos a la suite privada, hay que… sellar el trato’. Puertas cerradas, luces tenues, el mundo allá abajo ni existe.
Una vez solos, el espacio VIP se transforma. Ella se acerca primero, su aliento cálido en mi cuello. ‘¿Quieres probar?’, murmura, y yo asiento, el corazón a mil. Me tumbo en la cama king size, sábanas de hilo egipcio suaves como un susurro. Mi chico observa desde el sofá de cuero, polla ya dura bajo los pantalones. Ella me besa, lengua jugosa invadiendo mi boca, manos bajando mi vestido. ‘Qué tetas tan ricas’, gime, chupando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo gimo, ‘Sí… más’, arqueo la espalda. Bajo por su cuerpo, piel bronceada oliendo a vainilla y sexo. Le abro las piernas, su coño depilado brilla húmedo. Lo lamo despacio, clítoris hinchado, salado y dulce como champagne derramado. ‘Joder, qué lengua’, jadea ella, clavándome las uñas. Su novio se une, polla gorda saliendo del boxer, venosa y palpitante. Me la mete en la boca mientras yo como su coño. ‘Chúpamela profunda, puta’, gruñe él, follándome la garganta hasta que babeo. Mi chico no aguanta, se pone detrás de mí, me arranca el tanga y mete dos dedos en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, zorra’, dice, bombeando fuerte. Ella se gira, lame mi culo mientras su hombre me folla con tres dedos, rozando mi punto G. Grito, ‘¡Me corro! ¡Fóllame más!’, y exploto, jugos corriendo por mis muslos, cuerpo temblando. Él la monta entonces, polla embistiéndola salvaje, ‘Toma, puta, agárrala toda’. Yo me subo encima, frotando mi coño en su cara, él lamiéndome voraz mientras mi chico me come el culo. Cambiamos, él me penetra duro, ‘Tu coño es mío’, embiste sin piedad, bolas golpeando mi clítoris. Orgasmo tras orgasmo, sudor, gemidos, el jet temblando con nosotros. ‘Córrete dentro’, suplico, y lo hace, leche caliente llenándome.
La tensión sube en el cielo de lujo
El jet desciende, todo vuelve a la normalidad. Nos arreglamos: vestidos planchados, corbatas ajustadas, copas de champán de nuevo. ‘Buen viaje, socios’, dice él con sonrisa profesional, firmando el último papel. Ella me guiña un ojo discreto, roce de dedos al despedirnos. Afuera, el aeropuerto VIP, coches negros esperándonos. Nadie sospecha. Ese secreto nos une, élite pura. Camino con piernas flojas, coño aún latiendo, pero sonrisa perfecta. Mañana, negocios como siempre. Pero yo… ya no soy la misma.