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Mi Noche Salvaje en el Yate Privado: El Juego de Lady Shooter

Estaba en el yate privado de mi amiga, anclado en la bahía de Marbella. Todo olía a cuero nuevo y sal marina. Champán Dom Pérignon burbujeaba en copas de cristal, el sol poniente teñía el cielo de rojo. Yo, Isabella, dueña de un club exclusivo en Madrid, charlaba con Alex, un tipo guapo que acababa de cerrar un contrato millonario con mi amiga. Sus ojos azules me devoraban mientras hablábamos de inversiones, pero yo notaba su polla endureciéndose bajo los pantalones de diseño.

‘¿Quieres ver la cabina VIP de abajo?’, le susurré al oído, rozando su brazo con mis uñas rojas. Él dudó, tragó saliva. ‘Vale… pero ¿qué hay ahí?’. Sonreí, mordiéndome el labio. Bajamos por la escalera de madera pulida, alfombrada en seda negra. La puerta se cerró con un clic metálico, isolándonos del mundo. Dentro, luces tenues, espejos dorados, un glory hole de diseño italiano: agujeros ajustables, suelo calefactado de tacto aterciopelado, olor a incienso y lubricante caro.

La Tensión en la Cubierta de Lujo

Le expliqué el juego, voz ronca: ‘Diez chupitos, diez pollas anónimas. Chúpalas todas y te follo como una diosa. Si fallas, nada’. Su cara… mezcla de shock y excitación. Mi mano bajó a su entrepierna, dura como piedra. ‘¿Listo, cariño?’. Nathalie, mi camarera de confianza, trajo el metro de chupitos: ron añejo, whisky single malt, vodka premium. Él se desnudó, string negro que realzaba su culo firme. Yo me quité el vestido de seda, quedando en tanga y medias negras, pezones duros bajo el aire acondicionado.

Primer chupito, lo bebió de un trago, quemazón en la garganta. Trapa abierta, polla blanca entra: venosa, gorda. ‘Chúpala’, ordené, masturbándolo primero. Él se arrodilló, titubeante. La tomó en boca, lengua torpe al principio. Yo le besé, saboreando su miedo. Bombeó, saliva chorreando, hasta que explotó: leche caliente, salada, glups en su garganta. ‘Bien, shooter uno’. Segundo, tercero… pollas variadas: negra gruesa como de Nicolas, la reconocí por el piercing. Él la lamió, gimiendo cuando yo le metí un dedo en el culo, lubricado con mi coño mojado.

Al quinto, le puse mis medias en las piernas: ‘Mejor así, fetiche’. Su polla saltaba. Una polla apestosa, la unté con mi flujo, él la devoró, aspirando como loco. Yo me corrí en su cara mientras él la mamaba. Sexto, Patrick’s: ciruncidada, él la sorbió sin saber, yo riendo bajito. Siete, la de Luc, mi pareja: compartimos lenguas en el glande, leche mezclada en besos pegajosos. Él se corrió en mi boca primero, yo le pasé la suya.

El Juego Brutal en la Cabina VIP

Quedaban tres. Él, borracho, con medias, chupó la octava: fina, rubia abajo, leche dulce. Novena, la mía disfrazada? No, la de un invitado: lo hizo perfecto, garganta profunda. Décima, la de Alex’s amigo: gorda, él la vació tragando todo. ‘¡Ganaste!’, grité. Lo tiré al suelo, montándolo: coño chorreando, empalándome en su verga dura. Luc entró por detrás, doble penetración: su polla en mi culo, sintiendo a Alex a través de la pared fina. Follamos salvaje, yo gritando ‘¡Cojedme más!’, orgasmos en cadena, leches mezcladas.

Luc me folló el culo mientras Alex me lamía el clítoris, luego lo volteó: yo en su polla, Luc en su culo virgen. ‘¡Abrete, puta!’, gemí. Él gimió, distendido, yo vi su mirada romperse en éxtasis. Luc se corrió dentro, caliente, yo bebí el resto. Arriba, nos vestimos: él con mis medias bajo el pantalón, secreto en su sonrisa.

En cubierta, brindamos champán como si nada. ‘Gran contrato, Alex’, dijo mi amiga. Él asintió, guiñándome. Nadie sabe. Nuestro pacto elite: placer prohibido, cero repeticiones. Pero su mirada promete más noches así.

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